viernes, 29 de enero de 2016

"La voz del narrador" (II), nuevo reto en el taller de Relatos Cortos de la Biblioteca impartido por Mariano Gimeno Machetti

La Novena Carta 
(Hortensia)
Fotografía de Muhammed Faread
Querido Víctor:
Hace muchos años que no te escribo. Había jurado no volver a hacerlo. Pero ahora comprendo que algunas promesas pueden romperse sin que se tambaleen los cimientos del mundo.
Estos años de promesas rotas me derrotaron.
Me parecía que no podría seguir respirando, ni abrir los ojos una vez más… Hay momentos en la vida que todo es absoluto; para mí el dolor de perderte fue así, rotundo, total…Pensaba que tendrían que acortarme las manos para arrancarte de mí, fue como una explosión que consume todo el oxígeno y te asfixia por dentro. Juré que me vengaría, que callaría ese perro negro que me mordía  el corazón hasta hacerme gritar. Salía a la calle mirando sin ver, buscándoles…deseando encontrarles o que me encontraran con los puños apretados hasta que se entumecían.
Pero la  vida tiene una fuerza tan grande que pocos desastres pueden acabar con ella. Y, ya ves , abrí los ojos de nuevo, volví a vivir. Pasaron los días y se convirtieron en años…y rompí todas mis promesas. Mis promesas rotas tienen nombre: Ada, Juan ,Héctor…mis queridos hijos. Sí, me enamoré de nuevo aunque no como de ti, fue un amor tranquilo, benevolente, compartido. Fue un sentimiento sin promesas porqué él sabía que estabas tú.
Cuando me perdía en mis días de locura él sabía dónde encontrarme: junto a ti; sabía con quien hablaba a escondidas, sabía el nombre de mi desesperación…
¿Para qué esta carta entonces? Para decirte que me equivoqué, que si hay otra vida después de esta y, si puedo elegir, la quiero pasar con él, con ese hombre que sigue empeñado en leer libros que ya no entiende, el que me acariciaba la espalda en nuestra cama cuando el llanto por ti me desvelaba las noches, el hombre que sé que iba hasta tu tumba muchas tardes, las que no iba yo, el que me dio hijos por los que hoy tengo nietos.
Por él, por ese hombre tierno que me ha permitido amarte toda la vida te dejo; te di mi tiempo ahora quiero la eternidad con él.
Es mi última carta Víctor. Contigo aprendí a amar. Ahora con ochenta y cinco años,  quiero aprender a ser amada. Sé que no es tarde. Yo creo en la eternidad.
Fotografía de Muhammed Faread

Urgente y certificada
Aurelia

Querido amigo, solo tú podrías ver las gotas saladas que llueven en mi interior. Mi corazón flota  entre recuerdos y anhelos, la ausencia llena mis pulmones y también los vacía, mis ojos a oscuras, mis manos secas y desgastadas. Un alma  de cristal se quedó atrapada en un amanecer donde un viento gélido soplaba mientras escuchaba el canto de los pajarillos sentada en un banco de la plaza. Y contemplaba su rostro  y podía sentir el calor de su cuerpo que  encendía mi niñez. ¿Quién te arrancó de mí? No habrá más sol en tu rostro. Y todas las mañanas del mundo se marcharán contigo. Busco a dos ancianos desaparecidos, los busco con  impaciencia bajo un cielo de enero. Contemplo la luz de la vela y la vigilia me trae un campo sembrado de trigo, un remanso de paz. Y allí están, labrando el campo, en sus quehaceres, tan entretenidos… tan ajenos a mí. Pero el anciano abre  sus brazos  como las alas de una mariposa  azul que abarca el infinito  y me invita a descansar  en ellas.  Me quiebro. Nado en mi líquido amniótico, mi sonrisa y disfrute  porque juego libre entre colores, olores y nanas. La anciana me arrulla y yo agarro su mano tan fuerte porque sé, que si la suelto, no volveré a verla. La eternidad pesa en mis espaldas. Desandar el camino, de vuelta a casa sola. Si miro atrás los veré al borde del camino, diciendo adiós y pintándome un arcoíris entre los árboles, tan profundo, que hace grietas bajo mis pies descalzos. Momentos perdidos, el tiempo que fue y que no volverá. Lágrimas en cajas de música. Horas mirando a la pared desnuda, ¡si al menos fumara! Los amo, sé que ellos a mí también. Amigo, ¿me llevarías hasta allí de nuevo? Te devolveré ese  favor  regalándote, en otoño, las tardes junto a la ventana.
P.D.: Todo se transforma,  no nos destruiremos del todo.
fot.  Alyssa Monks

jueves, 28 de enero de 2016

Una silla vacía en nuestro Club de Lectura "La Hierbita"




      Cada dos semanas, deslizaba el dedo corazón entre los lomos de los libros que esperaban, desconsolados, el cariño de sus arrugadas manos.  En su boca, las aventuras de Charlie Parker, Kurt Wallander, el Comisario Montalbano o Kay Scarpetta insonorizaban las rutinas de  la mecánica de nuestro mundo, haciéndonos viajar en historias, donde el asesinato siempre era  ingrediente principal pero su placer, recaía, en una buena trama para leer, leer sin parar.

    Fueron más de diez años compartiendo su saber en nuestras distendidas tertulias literarias de los viernes. Sus dedos habían viajado por un sinfín de lugares encerrados en papel. Su corazón palpitaba emocionado en cada cita, en cada reunión. Su risa ante la evolución de nuestros alocados pensamientos de progreso, así como la conmovida mirada ante las relaciones entre lectura, pintura y el cine, ninguno la olvidaremos.

      Quijotesca figura, risueño caballero andante goloso de lectura con aroma a libros viejos y a caramelos de café, nos ha dejado en estos días de invierno que no deja de llover. 

miércoles, 27 de enero de 2016

"La voz del narrador", nuevo reto en el taller de Relatos Cortos de la Biblioteca impartido por Mariano Gimeno Machetti

Ilustración de Alejandra Acosta
Culpa
Nieves

El timbre le reclamó.  En la puerta el mensajero, sin palabras, le indicaba donde plantar su rúbrica y a la par le entregaba un pequeño paquete.
Rasgó los embalajes y sacó la urna. Su estomago fue atravesado por la impresión. El viaje a las islas se hacía necesario. El reencuentro con el caótico pasado.
Tiempo de cerrar agujeros negros y enfrentar lo que siempre había querido evadir.
Su mirada se paralizó en el espacio y evocó la carta...
 Estimado Toribio:
Sólo me queda suplicar a Dios y aceptar cualquier castigo excepto  repetir el de volver a separarme de ti.
Cuatro décadas atraviesan nuestra última conversación. Mis manos han tanteado tu dirección un par de veces, pero mi impulso se paraliza con un ir y venir de pensamientos en pugna. Dejando ganador al desistimiento.
A un par de peldaños del final de la escalera de mi vida. Mi otro yo, me zarandeó, solicitándome que te contacte.
El Altísimo conoce de mi pesada carga y sabiéndome  no perdonado por mis faltas, ni merecedor de este hábito por atentar contra la ejemplaridad y contra su sagrada palabra. Ambos comprendemos que no hay remedio para los hechos del pasado.
La confusión abanderó aquella época de nuestros hermanos y hermanas religiosas. La juventud de nuestros cuerpos, bajo aquella apariencia de inocencia truncadora de los verdaderos deseos, los cuales nos superaron igual a la misma represión.
El cierre del túnel que conectaba con las hermanas Teresianas, desplegó un período de calma y de retiro, de verdadera fe y el final de las bacanales de antaño.
Respeté y acepté tu decisión de salirte de la Orden tras el parto y la muerte de Sor Magdalena, tu hermana. Admiré tu osadía al lanzarte al mundo y matrimoniarte con una  mujer.
Eximo tu abandono, pero he de confesar, aún blasfemando que no he adorado nunca a nadie como a ti, ni siquiera al Todopoderoso.
De los turbulentos momentos, desfases pecaminosos  y concupiscentes encuentros con las Teresianas he desterrado todo vestigio.
En cambio, ya ni siquiera me flagelo cuando tu reflejo regresa a mi mente y me posees y mi cuerpo reacciona.
Aspiro a tu clemencia. Macabro fue el camino, cruel el desenlace, es el precio supongo, cuyo abono no debe recaer sobre el recién nacido del pecado, hijo mío, sangre de tu sangre y de la mía.
Ahora presiento la cercanía de los Mensajeros  para exigir el pago de mis faltas. Me han perseguido en este tiempo nuestros encuentros, mis malas acciones a los ojos del Redentor, y una agonía que me remuerde  por cruzar la línea de lo prohibido por la Iglesia y la razón y seguir mis latidos.
“¿Estás sorprendido?  ¿Tal vez te asuste desempolvar viejos fantasmas?...”
Espero hayas tenido buena travesía en este mundo. Yo siento mi equipaje mucho más ligero tras enviarte mis palabras. Ya puedo partir con el espíritu inundando de aire fresco, escuchando a Vivaldi y tu foto en mi recuerdo.
Que nuestro señor te proteja.
PD: La fortuna que recibí de mi familia y los bienes del tío Alfredo, los he dejado en testamento a mi hijo, tu sobrino…

Eternamente tuyo.
Bernardo.



Obra de Alyssa Monks


El azar de las edades
Zaya

Querido Héctor:

Esta semana se ha acercado a mí el azar, guiñándome el ojo para preguntarme si me importaba su edad. Yo, con una mirada de curiosidad le contesté que no. Nada nos pertenece si es, o será, pues ya fue con sólo su presencia. En las arrugas paralelas de su frente leí renglones seguidos con la palabra generosidad y, en las demás, se narraba su pasado imborrable. La justicia siempre errará en el veredicto cuando se trata de juzgar la incertidumbre, pues ante las leyes de los hombres, hay deseos por los que serás siempre culpable.
Las raíces del silencio son más profundas que las palabras: susurros inciertos viajaban a la velocidad de la luz, en tanto los aromas de pie abrazaban la distancia. “¿Cómo puedes saber si cuando tocas las espalda de alguien con tu mirada, se le está hechizando la piel?”, pensé.
Nubes juguetonas enjauladas más allá de las rejas de mis pestañas. Arcoíris invertidos llenando el cielo de sonrisas. Lejos del paraíso terrenal, el pecado queda suspendido en el aire. Oí a alguien decir su nombre y a mí me sonó a libertad. A través de la ventana donde se proyectaba su silueta, sus canas plateadas dibujaban una estela de verdades sobre el mar de la noche.
Amigo, te escribiré de nuevo si me vuelvo a encontrar con el azar. La gratitud anónima es un latido que se desabrocha la camisa. Quizás me encuentre otra vez con su espalda y en vez de posar mis ojos, sea yo quien reciba las hojas acróbatas de su otoño. Desde que vi su sonrisa me ha llegado la inspiración en fracciones de tiempo. Me pregunto qué edad tienen los encuentros, cuando la soledad se asemeja a la edad del sol lamiendo con sus lenguas de fuego sus propias heridas.
La locura de la fantasía es una carta ondeando en el mástil de la aventura. Nadie puede arrestarla, ni ser pirateada. Viaja libre entre orillas de mentes. Sé que me entiendes cada vez que compartimos muchos de nuestros estados de riesgo.

Esperaré tu visión desapegada de mi encuentro con el azar de las edades.

lunes, 25 de enero de 2016

Nuevo relato corto fabricado para el Taller de escritura de la Biblioteca de Tabaiba


Fot. Muhammed Faread
Por fin...
Su aliento era entrecortado. Con dificultad, logro someter el estrés acumulado. La imprevista levedad de la luz solar le dio un respiro a la tensión vivida. Pensó, por unos instantes, intentar descubrir la causa de aquella impredecible huida. Tampoco renunciaba a descubrir por qué, de pronto, sus desconocidos acosadores desaparecieron.
Era una luminosa tarde de diciembre. Armenio salió a la calle por primera vez. Sus diez años y medio – de vida y de ceguera –, habían sido un calvario incierto. Todo lo que sus ojos observaban era nuevo. Tenía que percibir, interpretar y aprender las realidades que su vista le enviaba al cerebro.
No era para menos la alegría que su familia mostraba. Pero en aquellos momentos – de júbilo continuado – algo hizo que su gesto pasara de la satisfacción incontrolada a la imprevista sorpresa. En la mirada a los suyos había logrado asociar sus voces a sus cuerpos y rostros, en un aprendizaje vertiginoso. Sin embargo, no entendía porque algunas formas irreconocibles les seguían con cadencia, en una métrica ajustada al ritmo de la divertida marcha del grupo.
En su mente se mezclaban las conversaciones de su familia con los silencios de las siluetas. Descubrió que esas manchas danzaban al compás de sus hermanas. Los planos de unas y otras no eran los mismos. Pero las pausas y avances iban a la par. De pronto, el tropiezo y caída de su hermana María ocultó una de las siluetas. Era extraño. Incluso al ayudarle a incorporarse le hizo percatarse, que tras el, otra imagen se movía y ocultaba.
Al doblar la esquina de la manzana no evitó la presencia obsesiva de las formas que les seguían y que a la derecha de sus cuerpos, se proyectaban sobre las fachadas de los edificios, y se reflejaban en los cristales de los escaparates.
Un nuevo giro a la derecha, en el siguiente vértice le permitió ver ante si las siluetas proyectadas sobre la grisácea loseta hidráulica de la acera. Allí estaban, permanentes en la derrota. Solo que ahora eran presagio de sus inmediatos pasos.

De pronto, el sol, sin apenas previsión, sorpresivamente para su percepción, se fue ocultando. El color rojo del vestido de María perdió intensidad. Las aceras extremaron su tono oscuro. El asfalto se hizo antracita. El brillo de la pulsera de su madre declinó su fulgor. Las luces de los semáforos se apreciaban mejor. Los autos encendían paulatinamente sus faros. En los báculos del alumbrado led fueron encendiendo sus lámparas. La tarde de invierno se echaba sobre el barrio.
Miguel Ángel

fot. Niall McDiarmid

jueves, 21 de enero de 2016

El ritmo, protagonista en esta nueva sesión del Taller de Relatos Cortos que Mariano Gimeno Machetti imparte en la Biblioteca


fot. Inn-Ocent
Vía Crucis.
Había salido de su casa con la vestimenta adecuada a la aprobación materna. En su bolso bandolera, ocultos, la minifalda y el jersey de canalé amarillo y ceñido que repondría en cuanto llegase a  casa de la amiga que le aguardaba.
La mudanza de su familia a aquél barrio, todavía en construcción, era reciente. Al otro lado del puente quedaba su infancia.
Este otro puente que tenía que atravesar cada día, aunque también era de piedra, carecía de las hermosas estatuas de los ángeles que custodiaban el paso seguro de los viandantes.
Caminaba deprisa, como siempre, acelerando el paso al llegar a aquél tramo de esa calle interminable. No había forma de soslayar su presencia a la mirada de los obreros que trajinaban en lo alto de sus andamios, ni evitar oír las soeces palabras que a modo de piropos le llovían desde las alturas.
Su ánimo se iba descomponiendo, se le atragantaba la rabia y el rubor de su rostro iba en aumento. Era su vía crucis particular. Al otro lado de la calle quedaba solitaria la entrada al Templete, y el callejón lateral empedrado con resbaladizas piedras  que atajarían el camino hacia el puente de madera y la vieja estación de trenes de cercanías. Allí el trasiego de personas era mayor y podría pasar inadvertida. Pero acabó descartándolo. “A la vuelta”, se dijo
El anteriormente rio caudaloso que ocasionara aquella desventurada riada era ahora apenas un arroyo que serpenteaba difícilmente entre las piedras y los matojos de su cauce.
Con la vista al frente se mantuvo ignorante del grupito de adolescentes que se le iban  aproximando. La acera ahora parecía incapaz de cobijarlos a todos. Ninguno cedió un paso, así que el encontronazo se haría  evidente en pocos metros. Ella sabía lo que le esperaba. En unos instantes se vio rodeada  por aquellos cinco chavales que aprovecharon la confusión para deslizar sus manos ávidas y toquetearla sin pudor. Vio sus  risas y sus gestos al cercarla.
Armándose de su invisible armadura y uñas de acero,  a manotazos logró atravesar el círculo que le cortaba el paso. Siempre rumiaba situaciones de venganza, ideaba armas ocultas bajo sus ropas que sirvieran de cepo y escarmiento a los dedos ágiles de aquellos odiosos gamberros.
A la carrera inició la retirada,   seguida de cerca por los chavales que estaban disfrutando de lo lindo, mientras ella intentaba recomponer su falda, su blusa y su dignidad. Dejó todo sentimiento de venganza aparcado al llegar al portón del Templete.

 “Me acojo a sagrado, musitó para sí, mientras recobraba el aliento y encaraba a sus perseguidores.
Nani
fot. Kylie Woon

viernes, 15 de enero de 2016

Desentrañar la historia que esconde la fotografía: nuevo reto en el taller de Relatos Cortos de la Biblioteca (II)

fot. Mariano Gimeno Machetti
Mi madre y otras partículas

Mi madre era física cuántica. En su laboratorio medía la velocidad de partículas esquivas  de preciosos nombres y las amaestraba con aceleradores, colisionadores y detectores. Entre neutrinos , leptones y quarks se ocupaba distraidamente de mí y en vez de cuentos, por la noche me explicaba  que el tiempo y el espacio en realidad no existen y que pronto se descubriría la máquina de teletransportación  y nos materializaríamos en un instante en cualquier sitio y época.

Ella me contaba una historia diferente cada vez que le preguntaba por su familia. Que era adoptada. Que todos los suyos murieron en un incendio mientras celebraban su bautizo y ella se salvó porque estaba a la sombra en el jardín, dormida en su coche. Que  era la hija bastarda de una mujer importante de la realeza y la habían educado las Ursulinas Esclavas de la Misericordia. Que fue una niña probeta de donantes anónimos. Que fue raptada por feriantes que iban en carromatos. No. Por militares de un régimen dictatorial. No.  Por una mujer estéril que la tuvo escondida hasta que la liberó la policía. Que era una extraterrestre en una misión a la que habían olvidado recoger… Cada vez una cosa y nunca dos veces la misma, hasta que me ponía a llorar y entonces me dejaba  dormir con ella y me cantaba canciones en un idioma gutural que me calmaba.  Si le preguntaba por mi padre, en cambio, se volvía invisible, opaca, se escondía en una especie de niebla de la que emergía  después, transformada y alegre, “tú no tienes padre, naciste sólo de mí, como Eva de la costilla de Adán”. Y yo la odiaba y odiaba mi nombre, Eva, y odiaba a las niñas del colegio cuyos padres altos y guapos les esperaban a la salida , les hacían girar en volanda entre sus brazos y  las llevaban a casa cargando sus pesadas mochilas.

El día después de cumplir 18 años mi madre desapareció. La policía, que al principio barajó la idea de un suicidio, concluyó  que había sido un accidente. Yo sé que sigue viva.  Salió a ver el amanecer con su cámara de fotos, su cuaderno de notas y su termo de té.  Extendió una manta en lo alto del risco y allí  encontraron todo menos a ella, pensaron que había resbalado y había caído al mar. Pero nunca hallaron su cuerpo.   La noche anterior habíamos peleado a cuenta de mis preguntas sin respuesta y pareció ceder, me dijo:” sí, eres mayor de edad,  tienes razón, mañana te cuento todo”.   Y me dio las claves de una cuenta corriente a mi nombre, :“  para que puedas tener tus propias historias, todas las que quieras y sueñes”, y me pidió que esa noche, después de tantos años, durmiera con ella.


En mi cumpleaños siguiente recibí por mensajero, sin remite, un sobre azul.  En el interior estaba una foto antigua en blanco y negro.  Mi familia. Quince personas . Ocho mujeres y siete hombres.  .  He mandado hacer ampliaciones de todos,  me los sé de memoria, podría dibujarles. Les he puesto nombre, historia, parentesco, aunque a veces se los cambio, por ejemplo, decido que mi  padre es el rubiales del hoyito en la barbilla, pero a veces es el de la pajarita, que parece más listo y más fuerte.  O les tomo virulentas manías, como a la abuela del collar de perlas que agarra el monedero y adelanta el pie izquierdo o al del centro, de traje claro y mirada bovina.  Pienso mucho en las niñas.  La de la izquierda me recuerda tanto a mí,  de pie, sin apoyarse, sin sonreir, mirando.  Quizás sea otra broma de mi madre, en qué mercado de pulgas habrá conseguido la foto… dónde se habrá escondido para no contarme o contarse sus secretos… O a lo mejor lo logró,  la máquina de teletransportación, y  se dio un paseo por el tiempo que  no existe y desde allí me manda un guiño, y  quizás pueda reunirme con ella en cuanto descifre ,además de mi nombre bien legible, el mensaje en el papel que sostiene el abuelo.


Maite 



miércoles, 13 de enero de 2016

Desentrañar la historia que encierra la fotografía: nuevo reto en el Taller de Relatos Cotos de la Biblioteca


fot. Mariano Gimeno Machetti

CLAN DE NAVAJAS  
Sólo podía quedar uno y así fue. Por fin Raimundo era el capo del clan después de haber sido testigo visual de muchos enfrentamientos entre generaciones y de muchas humillaciones familiares. Ahora la gran pregunta era, ¿por cuántos años reinaría?

       A día de hoy, todavía recuerdo la foto de la previa en la que todos afilaban de forma concienzuda sus navajas hasta convertirlas en auténticos espejos relucientes, dejando las hojas casi al trasluz. Los novatos que documentaron su mayoría de edad, situados al fondo del salón, esbozaban la sonrisa nerviosa de un incierto duelo aún por sortear, una sonrisa casi idiota que apenas dejaba ver el esmalte de sus incisivos. Era su bautizo armero. Por el contrario, los veteranos mantenían un rictus serio y concentrado en un primer plano de la instantánea, sabiendo de la importancia del evento. Manejaban con precisión milimétrica y plena seguridad los 50 centímetros de acero artesanado en horas de soledad en el taller.
       Román era el vigente jefe del clan, privilegio fruto de la maestría esgrimida en el último enfrentamiento del año anterior con el difunto Perico. “¿A ver quién tiene güevos de destronarme este año? –se decía al compás del zas, zas, zas,… del vaivén de la hoja al pasar por la piedra de afilar.”

       A mí siempre me dio miedo ese ogro, con su mirada cruzada desde los pétreos prismáticos perforadores de intimidación. Sus rudas manos peludas de gruesos y recortados apéndices me secuenciaban pasajes de “El estrángulador de Bostón”, y tuve alguna pesadilla, no con la película sino con Román. Definitivamente, no era de mi agrado. Por el contrario, Tomás, el fornido mozalbete de la camisa blanca, siempre me gustó, incluso llegué a sentir algún cosquilleo por él durante meses. Era bien distinto, fuerte y viril, pero a su vez tierno y sensible. No me extraña que otras tantas chicas del pueblo se enamoraran como yo, aunque todas desde el anonimato, pues sus auténticas novias eran las navajas, algo obsesivo entre los hombres de Villavaliente.
       Los enfrentamientos comenzaron cuando el sol brillaba en el cénit. Todos eran diestros en el arte de la navaja pero tan sólo irían sobreviviendo los mejores, al más puro estilo darwiniano. Nadie desconocía las consecuencias de tener algún despiste y así eran asumidas también por sus esposas. El resultado marcaría incluso la honra familiar. Uno tras otro se sucedían de forma trepidante. El estrés y la tensión se reflejaban en los regueros de sudor que les caían por las sienes y en sus miradas desorbitadas.
       Muy a mi pesar, Román llegó al desenlace final, y todo hacía presagiar que habría que someterse otro año más al yugo de su hegemonía, de su tirana dictadura. Pero Raimundo estuvo diestro y concentrado durante todo el envite mientras que un imprevisto corte en la zurda del “Estrangulador” ralentizo sus movimientos circulares. El recuento fue contundente,  Román 43, Raimundo 57. Había ganado la bisoñez por KO técnico.

       -Este año no pelo una más. Aquí me las den todas como al alcalde de Zalamea ¡Mira que son torpes pelando! – se pavoneaba Raimundo a carcajadas en la plaza entre pensamientos de celos y odio ajeno.
Jesús

fot. Mariano Gimeno Machetti