viernes, 27 de noviembre de 2015

Va de narradores la nueva sesión del Taller de escritura de la Biblioteca

La nueva sesión del Taller de escritura de la biblioteca impartido por Mariano Gimeno Machetti, va de cambiar de personalidad, voces y narradores. 

Cambiar de personalidad, nada fácil por cierto. El reto de esta semana ha consistido en disfrazar un hobbie, un miedo, una fobia o algo que no soportas en, a través de la palabra, darle un sentido contrario y convencer al lector de que nos encanta. Lo dicho... nuevo desafío para los alumnos del taller. 

A continuación puedes leer el relato mejor valorado por el grupo, ¿adivinas qué no soporta? 


SECRETO
(Nieves)

Mudarnos fue un acierto para la familia; los niños peregrinaban solos al colegio cada día y  las necesidades mundanas se veían satisfechas por la cercanía al centro.
Pasados varios calendarios, Ena, se había mimetizado en aquel vecindario. Tejedora incansable, resucitaba unas  prendas y otras las pasaba a la sesión de chapa.
fot. Émili Bermúdez
Su vida transcurría tras las cortinitas azulitas, de alba a ocaso y el tiempo hacía equilibrio entre agujas e hilos. Su ubicación en primera línea la coronaba como conocedora directa de los aconteceres de aquellos lares y sus gentes. Y para emplatar la información, las clientas dejaban de su mano la ropa y al desnudo las  intimidades de los otros. Mientras, ella permanecía en su garita.
Me inunda la felicidad; mis buenos hijos educados y aplicados, un marido trabajador, un oficio que disfruto, y el privilegio de enterarme y  saber  de  cuanto pasa en mi entorno.
Sin olvidar, mis merecidos ingresos extras, gracias a los cuales mis hijos estudian fuera y aprovecho la tesitura para hacer puntos de Iberia plus. Buena idea sacarles del barrio, los protejo, aseguro su halagüeño porvenir y les alejo de caer en bocas sucias.
Imposible resetear mi memoria y deshacerme de aquella noche.
Mis entrenados oídos sintieron el cerrar de la puerta.  Apostada en mí puesto de vigilancia, divisé la sombra  escapando de la casa de Doña Petra.
El incidente acontecido, aunque nefasto, animó el barrio. Vinieron días de trasiego, cavilaciones, policías, juez y funeraria.
Los periódicos inundaron sus páginas sobre el delito. Incapaces de relacionar a nadie con la muerte de la vieja chiflada.
fot. Émili Bermúdez
Dª Petra vivía en un delirio continuo, el despertador alocado ticteaba martillando el silencio. Apenas se reconocía. La  señora elegante y educada había sido devorada por el tiempo.
Sus sobrinos políticos renunciaron al vínculo familiar y  la dejaron en manos del destino.
La acera frente a su casa ya estaba precintada por maloliente aire y las moscas, mucho antes de que la policía llegara y colocara la banda.
Alguien decidió poner final a la historia. Airear el barrio.
Sin duda una labor brillante. Bajo una invisibilidad que el paso de los otoños había traspasado la memoria de la mayoría, pero no de Ena.
El combate fue atronador. Primero duelo de miradas. Después, gestos amenaza, coronado por un empate de palabras que desembocaría en un beneficio mutuo.
“Se creía este que iba a controlarme bajo el yugo del miedo. Como si fuera tan fácil sellarme y empaquetarme. Información es poder”. El  poder me dio el mando  y una gran oportunidad.
 Un trato más que justo. Todo por mis hijos y su futuro. Para mí un ir y venir de aviones y ataques de consumismo  que saboreo a mi antojo.
fot. Émili Bermúdez



jueves, 26 de noviembre de 2015

Una misma historia escrita en dos estilos diferentes para el taller de relatos cortos de la Biblioteca de Tabaiba

UFF
(Lali)
No has sentido alguna vez, esa sensación de ganas de mandarlo todo al carajo, le decía Inés a Patricia mientras tomaban café en la terraza. Si esa de, ahí te quedas pedazo de gordo , pesado , prepotente , enchufado a tu televisor, contestó Patricia, se refería a su Juan por su puesto, era su marido que parecía un Papa Noel todo el año, las dos rieron a carcajadas, mientras seguían cuchicheando de sus respectivos, pobrecito, le decía yo, pobre contestaba ella, pobre yo que le aguantó todos los días sus ronquidos en el sillón, parece una trompeta desafinada por momentos y otras como si dijesen eso de , barreno y fuego . Harta, harta me tiene y tú qué tal, preguntó. Inés la miró con ojos de buho y dijo yo, bien. Adoro mi vida, esos días de paz y tranquilidad, donde los pajaritos cantan y las nubes se levantan, es todo un honor ser la señora de tan ilustre caballero, el señor perfecto, trabajador, atento, maravilloso, me tiene como una reina, fíjate que estoy pensando en comprarme un viaje de ida a Acapulco, sólo para dejarlo descansar, siempre esta tan cansado. El pobre,
Fotografía de Jana Romanova
contestó Inés, pobre, el muy prepotente, egocéntrico, egoísta y borracho, que se pega el día en el bar y luego dice que está cansado de trabajar, mal rayo le parta. Creo que por momentos se cree el rey del mambo y sólo es un mindundi, no lo aguantó más, estoy pensando en irme tan lejos, tan lejos, que nunca me encuentre, por ejemplo a Acapulco .... Jajaja, chacha, chacha, frena, ahora en serio ¿qué tal todo?  Inés y Patricia eran muy cachondas, les gustaba crear historias ficticias desde que eran niñas y cada vez que se encontraban montaban una, nada que ver con sus vidas, por supuesto, las dos vivían muy bien con sus parejas, felices y enamoradas. Terminaron de tomar los cafés y se despidieron como cada mañana, mientras cada una acudía a sus respectivos trabajos .


UFF
(Nani)

-¿No has sentido alguna vez esa sensación irreprimible de mandarlo todo a paseo con un simple gesto de varita mágica?-  le había preguntado Inés, que con expresión soñadora, seguía dándole vueltas a la  cucharilla en su taza de  café.
Habían elegido esa terraza al aire libre, en la plaza de la Catedral porque estaba bastante transitada y siempre era agradable ver pasar a la gente. En la plaza, antaño, hubo una Tómbola con sus garitas rojas cargadas de premios, y el suelo cubierto de papeletas abiertas, cada una con una decepción abandonada. Cerca, unos jardines frondoso y con aroma a azahar mantenían la verja abierta. En nuestros días, había una fuente  grande con una estatua representando a Neptuno yacente,  corona y tridente incluido, y una docena de peces erguidos situados en todo el perímetro de la fuente, que soltaban su chorro de agua sin descanso. Sumaba, pues al compás, la sinfonía del agua y el suave viento que soplaba aquella mañana. Apetecía ser una hoja arrastrada por la brisa.
Fot. Laura Stevens

-Sí, ya sé a qué te refieres, -contesto Patricia.- A mí, a veces, me encantaría que se me soltara la lengua. Me dirigiría a mi marido y le espetaría a bocajarro y sin contemplaciones cuánto se me ocurriera. Si estuviera de mal humor, le diría sin temblarme las pestañas: “Ahí te quedas, cacho animal, pedazo de gordo, pesado insufrible, prepotente engreído. Te dejo conectado a tu televisor, dirigiendo la orquesta con el mando a distancia. Adiós Papá Noel” 
Y saldría de su vista con un sonoro portazo.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Llega el Premio María Moliner a la Biblioteca de Tabaiba




La Comisión de Valoración de la XVI Campaña de Animación a la Lectura "María Moliner" convocada por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, la Federación Española de Municipios y Provincias y la Fundación Coca-Cola, seleccionó el pasado año los mejores proyectos de animación y fomento a la lectura de toda España entre 608 bibliotecas, siendo premiado el proyecto "Cien Razones para leerlo" desarrollado en la Biblioteca durante el pasado año. 

Dicho premio ha consistido en un lote de 180 títulos de infantil, juvenil y adultos. La Campaña de Animación y Fomento a la Lectura "María Moliner" premia aquellos proyectos que incentiven la lectura entre la comunidad vecinal con servicios de extensión bibliotecaria y actividades de dinamización con el fin de fomentar la cohesión social de la ciudadanía teniendo como referentes culturas y como espacios activos a las Bibliotecas. 

El Ministerio de Educación, Cultura y Deportes realza cada año aquellas bibliotecas que desarrollan proyectos sociales para incentivar y motivar a la lectura.


viernes, 20 de noviembre de 2015

Otro Antirrelato y Relato creado en el Taller de escritura de la Biblioteca


Los ejercicios del taller de escritura de relato corto son cada vez más desafiantes. Y es que Mariano Gimeno Machetti va exprimiendo, poco a poco, el talento de todos con propuestas interesantes. Tareas que sacan de cada uno de nosotros el talento creativo que ninguno creyó haber tenido escondido. 

A continuación tienen otro ejemplo de Antirrelato convertido en Relato. No dejen de leerlo.


La Sonrisa
(antirrelato de Hortensia)

Julia espera despierta a que se haga de día. Espera tumbada en la cama. La casa esta ocupada por un silencio pesado, helado, que se posa como un manto sobre los muebles. Julia con los ojos posados en el techo piensa “¿cómo puedo matar hoy a mi marido? “ Y sonríe…es la primera sonrisa del día.
Cuando en los cristales se dibuja el rojizo amanecer Julia se pone en pie y se mira en la semioscuridad del espejo: sus ojos están bordeados de arrugas, los pómulos y la papada empiezan a caer…fue más bella en otro  tiempo… pero no tan fuerte. Y Julia sonríe al espejo. Julia llena el depósito de la cafetera melita absorta en sus pensamientos y luego escucha el gorgoteo del líquido oscuro y caliente. 
fot. Rebecca Miller
Leopoldo, que así se llama la víctima, es el objeto de tanto anhelo.”Mi reina” solía decirle cuando se casaron y como a tal no tardó en coronarla…”bah…cosa  de poco. ..una cana al aire” Y de tantas canas al aire de Leopoldo a Julia se le volvió el pelo blanco ¡todas le aterrizaron encima! Pero aprendió a buscar otras cosas que le llenaran el hueco negro del corazón.
“Viviré para ti” le dijo ella un día enterrada en su pecho, pletórica de amor como una golondrina en primavera…y así lo hace. Julia le sirve el café, que le espera sobre la mesa del salón no menos de veinte minutos, con tres cucharadas de azúcar. ..(a él le gusta muy caliente y amargo) Y allá va otra sonrisa.
Julia planifica el día “iré al mercado…haré caracoles que le gustan tanto, con mucha guindilla y pimentón  de La Verá…pero la farmacia me cae a desmano….!vaya! y no tiene omeoprazol desde hace días.. con lo que le molesta la úlcera…Otra sonrisa.
Tengo que recordarle que me acompañe al ginecólogo…no puedo perder la cita que me costó tanto cambiar a última hora …a las ocho y media…justo cuando empieza el Madrid-Barca…se ve que al doctor también le gusta el fútbol…”
“Por allí resopla”, murmura Julia cuando oye arrastrar las zapatillas de Leopoldo y le ve pasar ante la puerta de la cocina camino de su café frío mientras bosteza y se rasca el trasero…”mira …hace dos cosas a la vez”
-¡Julia. .esta frío!
-lleva esperándote media hora por lo menos…que vas a llegar tarde...
-¡Podrías haberme despertado antes!
-¿no dormiste bien?
-¡Con tus ronquidos!
-Estoy constipada…
-Un par de kilos o tres es lo que tienes que perder…
“Pues igual no tengo suficiente guindilla…y de paso compro un paquete  de cigarrillos o dos..que los tenga siempre a mano…a ver si la advertencia del paquete no es publicidad engañosa! “
fot. Federica Erra
Y Leopoldo sale corriendo y poniéndose la chaqueta mientras Julia se sirve otro café calentito y sonríe sin separar los labios de la taza.”Va a ser verdad que a las  mujeres nos gustan los hombres que nos hacen reír”.



La Sonrisa
(relato de María)

Tumbada sobre la cama Julia espera que el sol despierte. Todo a su alrededor toma un tono rojizo cuando se pone en pie, desnuda, frente al espejo. Su cuerpo es desgaste y sufrimiento. Devuelve la mirada a la cama, coloreada de rojo intenso, y sonríe mientras idea cómo asesinar a su   marido dormido. Su corazón palpita. Sus ojos se inundan.
Se ahoga en recuerdos con una taza de café entre las manos. “Mi reina” la llamaba antes de que la infidelidad hiciera un trío de su matrimonio.
Julia olvidó vivir para ella. Cada día tenía la misma rutina que el Sol: despertar e iluminar la vida de los demás.
A las 7.30 le servía un café caliente en el salón con tres cucharadas de azúcar. A las 8.00 él se iba siempre discutiendo, sin motivos, a trabajar.
Pero ese día, mientras ve su vida en el fondo de la taza, planifica el asesinato. Sobre la mesa le deja el anhelado café y hasta siete veces mete la cucharilla. Leopoldo arrastra los pies por el corredor hasta el salón. Se sienta y bebe.
Julia escucha un último grito ahogado. 
fot. Oliver Valsecchi 



miércoles, 18 de noviembre de 2015

¿Qué es un Antirrelato? Nueva sesión en Taller de escritura de la Biblioteca

Los ejercicios del taller de escritura de relato corto que se imparte, los martes, en la Biblioteca son cada vez más desafiantes para los alumnos. Y es que Mariano Gimeno Machetti va exprimiendo, poco a poco, el talento de todos con propuestas interesantes. Tareas que sacan de cada uno de nosotros el talento creativo que ninguno creyó haber tenido escondido. 

En esta sesión hablamos de reglas para escribir un  buen relato. El uso contrario de éstas es el Antirrelato.  A continuación tienen dos lecturas. La primera es el Antirrelato y la segunda es el Relato. Un trabajo elaborado por distintas personas, en este caso Sara y Aurelia, tarea desafiante para los aprendices y si no, juzguen ustedes mismos:

MÁS QUE UN ROBO -ANTIRRELATO

La sala de espera estaba llena de pacientes. Como solía ocurrir algunas veces, los turnos venían retrasados y se quejaban con ella, ya que  era la única persona visible.
Realmente estaba muy fastidiada puesto que el cura parecía no salir nunca del consultorio.  Cada vez que iba él o el escultor o el pintor o algún amigo del doctor Berna, era como si una mano invisible pusiera el botón de pausa y cortaba el ritmo de la consulta. Es que además de odontólogo cirujano, tenía una fuerte inclinación a la bohemia y muchas veces el consultorio se convertía en una especie de bodegón parisino de ambiente espeso por el humo y las emociones.  
            
Ella llevaba tres años trabajando con él.  Comenzó como telefonista y salvo la limpieza del lugar, terminó haciendo todo tipo de tareas, daba los turnos, atendía problemas menores de los pacientes, esterilizaba el instrumental y hacia las veces de secretaria privada.  
     
Una puerta separaba los dos consultorios y el baño, de la sala de espera, decidió dar una ojeada. Ahí estaba el cura protegido por su sotana, entrado en años, bajito, su cabeza totalmente canosa y nívea, sentado frente al doctor con su chaquetilla blanca, joven, alto y apuesto y como siempre fumando. Eran un verdadero contraste. Se reían a carcajadas. Unas veces contaban chistes, otras tocaban la guitarra que su jefe guardaba celosamente  en el otro consultorio y cantaban, otras conversaban. Parecían estar en el recreo largo. Mientras tanto, los pacientes soportaban la espera. Ella pensaba en la falta de cortesía.  
   
          
 Había también una paciente, la señora Basualdo, muy atractiva ella, arreglada en demasía, que cada vez que iba también se retrasaba bastante la consulta. Siempre sospechó que entre el doctor y ella había algo más y aunque nunca pudo constatarlo, lo daba por hecho. Le provocaba rabia, su jefe era casado. A pesar de no conocer a su mujer había tomado partido por ella. 
     
La señora Basualdo tenía turno poco después del cura, de modo que la jornada sería complicada y la hora de salida incierta. Debía prever en adelante, que el curita y la mujer no fueran el mismo día.                                     
 Antes de cerrar el consultorio acostumbraba dejar cargado el esterilizador del instrumental y ordenado todo lo necesario para el día siguiente. El departamento lo limpiaba una señora durante la mañana, de manera que por la tarde cuando ella llegaba, solo tenía que enchufar el esterilizado, revisar la lista de pacientes y horarios y esperar a que llegara el doctor. Cuando entró al baño a arreglarse un poco, vio dos anillos de plata sobre la mesa, los agarró, los miró y se los probó, eran bonitos. Dedujo de quién podían ser. A modo de venganza, sin dudar ni un instante, los metió en su bolso y se fue tranquilamente. 
                                              
 Pocos días después, el doctor Berna le comentó que la señora Basualdo lo había llamado diciéndole que creía haberse dejado dos anillos en el baño. Conservando todo su aplomo le dijo con naturalidad que ella no había visto nada.  Estaba sorprendida de su desfachatez. Su amor propio pudo más que la vergüenza de quedar al descubierto. Al fin y al cabo podía haber sido cualquiera. Pero también podía haber dicho que sí, dar alguna explicación plausible y devolverlos, sin embargo lo dejó así.
Fotografía de Jean-François Lepage
                                                     
Transcurrieron los días en aparente tranquilidad, pero era sólo aparente puesto que ella la había perdido. Nunca volvió a ser la misma. Estaba arrepentida y muy avergonzada por lo sucedido. Había robado y había mentido.  Poco después se desprendió de los anillos, el exceso de conciencia le impidió usarlos.

MÁS QUE UN ROBO- RELATO 

Lucía  intentaba que su espalda descansara en el respaldo de su asiento de manera correcta.  Mecía sus cabellos  como si acariciara el lomo de uno  de sus gatos o de sus perros con intensidad extrema. Pensativa,  disimulaba la impaciencia que le producía la visita de Don Horacio, el cura del pueblo. Trabaja allí desde hacía 5 años y se había convertido en “chica para todo”. Excepto la limpieza,  sus tareas eran tan eclépticas como la cabeza de un diseñador “chic” en hora punta. 
El restrazo que  llevaba Don Berna, así se llamaba el dentista, se reflejaba en los pacientes de su sala de espera. Unos movían de forma agitada sus piernas, otros se retorcían en los sillones como si Reagan, la niña del exorcista, se hubiera apoderado de ellos.

Excepto la señora Basualdo,  que permanecía con una sonrisa cálida y sensual, con sus pupilas tan dilatadas que podían haber servido  de faros en una noche de tormenta… como la mascota que espera a ser alimentada con su comida preferida moviendo su cola. Su cuerpo estaba envuelto en un vestido azul de diseño sin estampados, que ceñía con premeditación y alevosía cada parte de su anatomía. Sus enormes pechos aprisionados, sobresalían pidiendo auxilio. Estaba bien proporcionada, una melena rubia y brillante caía sobre sus hombros. Sus labios de plástico estaban pintados con un “Rouge pur Couture” de Yves Saint Laurent. Su cara era inexpresiva por el botox que se había infiltrado a lo largo de estos últimos años, desde que descubrió  que su cara se arrugaría algún día, pero ella lo evitaría… lo evitaría. Sus Manolo Blahnik la elevaban 12 centímetros por encima del resto de los mortales. Y su perfume “Allure” de Chanel, infectaba toda la sala. No era de joyas, sólo  2 alianzas de oro y diamantes coronaban sus respectivos anulares, aferrada a su Vuitton esperaba su turno. Lucía sabía que la visita de la amante del doctor la retrasaría en sus planes, el Mercadona estaría cerrado para cuando los adúlteros terminaran su ritual de gemidos, gritos y ruidos pasionales dentro del despacho.  

Escuchaba cantar “La Boheme” de Charles Aznavour desde el recibidor. El cura y el dentista terminaban su encuentro con esa canción siempre. Dos pseudobohemios, era el colmo de lo que podía soportar.

Entró la señora Basualdo… Je t´aime.

Al cerrar la consulta, Lucía se dirigió al despacho para recoger el habitual desorden que los amantes provocaban, allí encontró olvidadas las alianzas de la “Barbie, Piaf”, así la llamaba, encima de la mesa. Esta vez las metió en uno de los bolsillos de su chaqueta y se quedó en silencio. La señora llamó al día siguiente con un timbre en su voz de preocupación preguntando por sus joyas. Lucía negó haberlas visto. Su cabecita ya había urdido un plan. 
Non, je ne regrette rien, non, je ne regrette rien…

Fotografía de Tomas de la Fuente




lunes, 16 de noviembre de 2015

Víctor Álamo visita el Club de Lectura de la Biblioteca de Tabaiba

El pasado viernes, 13 de noviembre, Víctor Álamo de la Rosa (Santa Cruz de Tenerife, 1969) visitó el club de lectura de nuestra biblioteca para hablarnos de su última novela, la séptima,: "Todas las personas que mueren de Amor"


En este encuentro nos habló de lo que le impulsó a ser escritor; de los afortunados encuentros literarios que tuvo en el inicio de su carrera con Rafael Arozarena, Luis de Feria y otros grandes escritores canarios; de sus inicios y su maestro;  de lo que le inspira; de las palabras y la importancia de saber escribir y saber qué publicar;  de qué se siente cuando se le da vida a tantos personajes ... 




También hablamos de Gladys y Mareo, de amor, de sexo y  de desamor, de ficción, sueños y realidad,  de la importancia de la técnica narrativa... Pero también de su Isla Menor, de Efigenia y Terramores, de la presencia de la isla de El Hierro en sus seis novelas anteriores y, hablamos  de lo nuevo. 

Víctor Álamo ha cerrado un capítulo de su carrera literaria, Isla Menor, para dar comienzo a "algo" nuevo. 
El cambio es abismal, pero nos gusta. 


Mirador de Bascos, Isla de El Hierro. 


jueves, 12 de noviembre de 2015

No dejen de conocer a "Doña Alicia" un personaje creado en el taller de escritura de la Biblioteca



DOÑA ALICIA

La primera vez que vi a Doña Alicia estaba peleándose a muerte con el ordenador nuevo que acababan de instalarle para la gestión de la receta electrónica. Su melenita castaña estaba alborotada y un rictus le fruncía los labios mientras decía que aquello de la informática no era lo suyo.

Doña Alicia es miope.  O se hace.  No te dejes engañar por sus sempiternas gafas y date cuenta de cómo sus ojos te taladran mientras pides en voz una octava mas baja de lo que corresponde una crema para las hemorroides.
Ella te  escucha pedir un almax y sabe qué te retuerce el estomago.  Un jarabe para la tos y adivina qué tienes atragantado.  Un trankimazin y ve tus pesadillas. Y un colirio y acierta  lo que no quieren ver tus ojos.
Pero lo que mas le gusta es su rebotica.  Allí prepara las escasas fórmulas magistrales que aún  le piden el puñado de médicos nostálgicos objetores de las Bayer y compañía.  Y de allí también salen sus tarritos rosados para el cutis, sus ungüentos para los dolores y sus bolsitas de tisana para los nervios y la digestión.
O eso dice que son.
Ernest Descals

Doña Alicia quisiera acabar con los males de este mundo: el egoísmo, la pobreza, la hipocresía y la guerra.  Desearía que los seres humanos fueran felices y ha hecho de su contribución a esa tarea el sentido de su vida.
De modo que a veces, sólo a veces, y jamás y nunca si se lo pides, ella te entrega tu cajita de ibuprofeno y una bolsita con su selección de hierbas “las pruebas y me dices que tal”. Y cuando vuelves, con el dolor de vivir aliviado y le preguntas por lo que te dio, se atusa la melena con aire distraído “no era nada, manzanilla, reinaluisa, que se yo… ya no me  queda”.
Y hay quien llegó moreteada y le vio envolver el trombocid  con parsimonia y añadir una muestra de su crema rosada “para esa piel tan seca, hay que cuidarse”  y fue aplicársela y venirse arriba y atreverse a sentir  y a vivir  con derechos y sin permisos, y botar la basura, del armario, de la cabeza y… de la casa .
Si le insisten, o si vienen de fuera a preguntarle, ella queda en silencio unos segundos,  el ceño en armas y la voz de hielo “tonterías, las cremas  tienen aloe vera, vitamina E y agua de rosas, no se de qué me hablas”.
La cosa es que uno llega con su receta del seguro por delante y su mochila de penas por detrás .Y algunas veces te vas  con el antihistamínico del alergólogo y con el remedio de Doña Alicia para que lo malo sea menos malo.

Así  que,  desde luego, yo que he sido cliente suya desde hace años,  estoy totalmente convencida de que Doña Alicia  es inocente.  Yo estaba allí la tarde que acudió aquella señora tan tiesa y le anunció que iba a poner una farmacia en la calle de  abajo.  Que   muriera de pronto al día siguiente, así es la vida, que no avisa. Doña Alicia fue amable como siempre,  le invitó a la rebotica y se tomaron un te. Las dos el mismo, señor fiscal,   desde el mostrador se ve todo, se lo juro.  
Ernest Descals 
Maite

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Describiendo la personalidad a través de un relato corto

La tarea de esta semana en el Taller de escritura de relato corto impartido por Marino Gimeno Machetti en la Biblioteca ha sido muy interesante. Consistió en trabajar en parejas nuestras personalidades, haciendo únicamente dos preguntas y construir un relato literario que hable de él o de ella. El relato mejor valorado por el grupo es el siguiente: 

ROSA

Vi a Rosa una vez en el salón del bosque, una tarde de otoño. Un lugar donde las letras de papel esperan en aparente quietud a que alguien las enamore. Sus brazos posados sobre una mesa y una  mirada visionaria parecían otorgarle  la virtud de leer entre líneas. Lo que más me llamó la atención  fueron sus movimientos articulados por la sabiduría y experiencia. Sus canas, teñidas del color de la noche, hablaban de misterio. Pensé que Alguien debía ser una de esas mujeres que hilvana la rutina para darle una forma caprichosa a los días. Las ovejas negras, en sus sueños, deben de ser androides ligeros.  
Rosa inspira ser una mujer del futuro capaz de rastrear, detectar y matar cualquier atisbo del ser inhumano, condensando el pasado, el presente y el futuro en una atracción fatal.
Fot. Anka Zhuravleva



En las veredas de su rostro están escritas las historias de sus seres queridos, escribiendo el texto de su vida en los renglones de sus manos. La imagino caminando entre edificios abandonados o calles abarrotadas de gente, por interminables mercados callejeros o cuadriláteros de pirámides egipcias, bajo la llovizna gris y despeluzada. Donde quiera que vaya es capaz de cuestionar la realidad, el mundo de los sólidos adquiere otra perspectiva fugaz donde ella pueda encajar.
Después de un día cualquiera, Rosa embriaga el ambiente de su hogar con aroma a flores silvestres para soñar un mundo mejor. Al llegar la noche, entre luces de tenue sigilo y luego de tomar algo calentito, se sienta en su sofá a la deriva para dejarse estremecer por Blade Runner, su película favorita.

Títeres Tragaluz visitan la Biblioteca de Tabaiba con motivo del Día de la Biblioteca






lunes, 9 de noviembre de 2015

Víctor Álamo de la Rosa visita este viernes la Biblioteca de Tabaiba


Víctor Álamo de la Rosa nació en Santa Cruz de Tenerife en 1969 y es licenciado en filología hispánica por la Universidad de La Laguna. En 1991 publicó su primer libro de narrativa, el volumen de relatos Las mareas brujas. El humilladero, su primera novela, se publicó en 1994, mientras que la segunda, El año de la seca, vio la luz en 1997 en portugués, con prólogo de José Saramago, en Río de Janeiro. Desde su primera edición, esta novela no ha parado de traducirse y publicarse en numerosos países, consolidando la trayectoria internacional del escritor. En 2001 Espasa publica Campiro, inmediatamente traducida al francés por Grasset. Esta obra fue en 2005 finalista del Prix Fémina a la mejor novela extranjera editada en Francia. En 2007 se publica en Francia la cuarta novela, Terramores, publicada en España en 2008. En 2010 publica La cueva de los leprosos
Su obra literaria ha recibido varias distinciones, como el Premio de Literatura Mercedes Pinto (2004), el Premio de Creación Literaria Alfonso García Ramos (2007), y el Premio de Relato Corto Isaac de Vega, y no se circunscribe a la narrativa sino que también incluye poesía.

Creador del territorio Isla Menor, ambientación que casi ha monopolizado su narrativa y que es un auténtico reflejo de la Isla de El Hierro. 

Su última novela es "Todas las personas que mueren de amor", Premio de Novela Benito Pérez Armas 2014, un reconocimiento que se otorga a obras con carácter literario y artístico, no meramente comercial. 

Se trata de una novela que da un sorprendente giro en su carrera literaria y su autor la define como "una indagación muy literaria en las sensaciones del desamor". 

Este viernes, en la Biblioteca de Tabaiba podrás hablar con él de su obra y de su carrera como escritor a partir de las 19.00h. 



"El amor se hace de Amor, parece mentira que tenga que ser yo, el mismísimo diablo, quien tenga que salir a recordarlo"
(il.Sophie Robyn Campbell)

viernes, 6 de noviembre de 2015

Otro relato con muy buenas críticas en el Taller de escritura de Relato Corto de la Biblioteca


FUI UN HADA LUMINOSA

Yo fui un hada luminosa jugando entre la hierba del patio de mi casa. Solía perderme entre las gotas de rocío alrededor del sauco que mi padre sembró. En verano metía los pies en el agua helada de la acequia y ese frío me hacía estremecer, con un placer casi asombroso.
fot. Irene Cruz

Yo fui una adolescente que espiaba a su vecino tras los dibujos de ganchillo de la cortina del balcón. A medida que él desabrochaba botones, el rubor iba aumentando mis mejillas y ese hormigueo continuaba hasta convertirse en el pecado a confesar cada domingo, antes de la misa.

Mi vecino era unos años mayor que yo, era mi aburrido profesor de las tardes de verano, en que obligada por mis padres recuperaba los conocimientos que no lograron quedarse en mi cabeza durante el curso. No era culpa mía: igual que había cosas que se han quedado en mi recuerdo para siempre otras siempre se han negado a entrar. Y ahí llegaba Álvaro, con su seriedad de chico responsable, de hermano mayor, de hombre de la casa…estudioso casi brillante. Y todas las tardes mientras mis padres dormían la siesta, de cuatro a cinco, yo repasaba con Álvaro Geografía, Matemáticas, Literatura…

Era mi vecino y le tengo en todos mis recuerdos desde niña.  Le había visto siempre…pero aquella vez…le vi por vez primera. Él volvía de un permiso del servicio militar y yo estaba castigada como siempre. Cuando atisbé detrás de la cortina su pecho musculoso, enmarcado en el verde de su camisa militar, se me pasaron de repente todas las  ideas piadosas que había concebido esa  tarde arrepentida de mi mala conducta.
fot. Irene Cruz

Sonreía, no se la razón, porque yo tenía ganas de todo menos de sonreír…era como si me hubieran pillado con las manos en pleno hurto. 

Hoy ya han pasado más de cincuenta años desde que yo fuera un hada; más de treinta y cinco desde mis ratos de espionaje y de ganchillo y, a pesar que la morfina me borra los recuerdos y me envuelve en una nube gris de duermevela, a pesar que el dolor que me anida en el corazón me corta la respiración cada vez que se me acaba la dosis que prende de mi pecho como un cordón umbilical que me ata a la vida, a veces vuelvo a ser ese hada. Yo no me lo creo ,pero lo veo en sus ojos, lo leo en sus labios que me besan al llegar a casa, y entonces sí, entonces lo soy. No importa mi cuerpo torturado por más de treinta operaciones, no importa que no puede mantenerse en pie más de cinco minutos ,no importa que no pueda abrazarme sin causarme dolor,no importa que mi cuerpo sea un tronco partido y desastroso…(mi cuerpo que él amó tanto , que fue refugio , gozo y plenitud…)no importa que ya no pueda amarle sin que las alucinaciones sean mi carcoma del alma.

Yo fui un hada luminosa jugando entre la hierba del patio de mi casa. Hoy lo soy de nuevo mientras noto como el frío va volviendo frío mi cuerpo, como mis pies en la acequia y noto que mi cuello se vuelve rígido, y, oigo la voz de Álvaro en mi oido, bañada de dolor ,ahogada….”Ríndete mi amor ,ríndete”
fot. Irene Cruz 

miércoles, 4 de noviembre de 2015

"Héroe" un relato que nos dejó anoche boquiabiertos en el Taller de escritura de Relatos Cortos organizado en la Biblioteca

En la siguiente clase del taller de escritura de relatos cortos que se está impartiendo en la biblioteca, los alumnos han entregado diferentes trabajos. La línea que marcaba la construcción de los mismos venía dada por el profesor Mariano Gimeno Machetti. La propuesta era bien hacerlo siguiendo el estilo de Manuel Rivas, una prosa poética, o bien siguiendo el estilo de cámara en mano de Raymond Carver. El mejor relato dentro del estilo de cámara en mano de Raymond Carver fue "Héroe", realizado por Maite., y puedes leerlo a continuación:


HÉROE
El 23 de Marzo de  2015 hacía un frío del carajo. No quería llevarme nada de allí, así que el día anterior repartí todas mis cosas. La trabajadora social  que me acompaño a la puerta insistió en que me quedara un forro polar rojo, que alguien había olvidado en su despacho. Al ponérmelo vi que  le habían hecho un agujero con  un cigarrillo, a la izquierda. Ahí estaba yo, con los brazos cruzados esperando la guagua mientras acariciaba los bordes de la quemadura, sintiendo al hacerlo una especie de consuelo. 

Nadie había venido al buscarme a la salida de la prisión.  Hubiera estado genial estar ahora en un coche con la calefacción empañando los cristales, oyendo un blues arrastrado de B.B. King y parando para tomar un barraquito bien cargado en  un bareto.  Pero los únicos candidatos posibles tenían su coartada : mi amigo Lucas trabajaba en el Sur:  mi hermana Carmen estaba en el hospital con mi madre recién operada de cáncer. Fin de la lista.  En cuanto a mi mujer,  se había negado a establecer cualquier contacto conmigo ni postal, ni telefónico ni mucho menos presencial, y con agrado se hubiera sometido a una extirpación  irreversible  de mi recuerdo en su cerebro si tal cosa hubiera sido posible.  Me la imaginaba echando para detrás su cabeza y levantando mucho la ceja izquierda, mientras se lo contaba  a su madre “¿Qué esperaba , cohetes y banda de música?”.
De manera que ahí estaba yo,  helado y agrandando el agujerito del polar mientras esperaba la guagua y me moría por un pitillo. Por la otra orilla de la carretera renqueaba un perro mojado. Le llamé y me miró un momento sin detenerse, maldito chucho, cojo y todo parecía ir al encuentro de una compañía mejor que la mía.  Así de animado estaba yo cuando llegó la guagua, menos mal que  vacía salvo por dos chicas casi idénticas que chillaban y reían pegadas a su móvil sin reparar en mi. Quizás el letrero luminoso  que sentía suspendido como un halo de un santo en un cuadro de iglesia “recién salido de Tenerife 2” no brillara tanto después de todo.  En la última fila de los asientos alguien había rajado el respaldo, y allí me senté, ese era mi sitio,  pensé, y cerré los ojos mareado por la velocidad a la que se sucedían  las formas y colores a través de la ventanilla. Llevaba muchos años sin ver más que el ocre de las paredes del patio y el casi siempre gris del cielo y las escaleras. Ya el rojo del polar me había parecido un chiste, yo que siempre iba con  camisetas negras, y vaqueros, mi uniforme, como me decían en el trabajo. 

Curioso que tengamos tan pocas palabras para describir los olores que viven en nuestra cabeza. En la cárcel a veces trataba de evocarlo sin conseguirlo, pero fue abrir la puerta y ahí estaba: la casa de mi madre olía como siempre. A cerrado, a medicinas, a fruta, a linimento para muebles, a ella.
Mi madre. Durante los años que pasé encerrado no la vi. Le pedí que no viniera. No podía soportar imaginarla delante de mi.  Así que dentro de mi cabeza ella aún está bien. No tiene cáncer.  Tiene una melena lisa con un mechón rebelde y sale a caminar a diario con una camiseta rosa con un gato estampado y la palabra “cat” por si las dudas.  Mi madre en mi cabeza aún está orgullosa de mi y  aún tiene algo que poner en el archivador en el  que apunta desde mi infancia las cosas que hago.  Las notas de primaria,  la liga infantil, premios de concursos, tontadas sentimentales. Y aquello.  Aquello.
Diez años dan para mucho. Para pensar y dar vueltas y hacer el puzzle una y otra vez. Para volverse loco y recuperar la cordura y volver a perderla. Para odiar a todo el genero humano uno por uno y luego amarles, sea lo que sea el amor, y  perdonarles y pedirles perdón. Pero sobre todo dan para construir  una especie de costra , de armadura invisible sobre la que resbalaba el horror y la angustia de estar ahí metido. Un anestésico mental que permitía coger aire y soltarlo,  colocar un pie delante de otro, caminar, abrir la boca, tragar , cerrar los ojos, dormir y despertarse como si aquello fuese una vida.  Dan para aprender a no recordar. 

Pero ahí estaba el maldito cartapacio.  “Un joven de 18 años  herido al salvar a una mujer que estaba siendo agredida”.  Prensa local, entrevistas, prensa nacional, hasta un especial que hizo el dominical de El País sobre violencia y que se tituló “héroes”.
Podía revivir algunas cosas de aquel momento. Cosas sin importancia. Que hacía calor. Que acababa de agacharme para atarme el tenis cuando la oí gritar.  Que me eché a correr sin pensar y la vi forcejear debajo de aquel hombre.  Que  su zapato salió despedido y pude ver sus uñas pintadas de rojo.   Que no escuché ningún  sonido salvo el  de mi respiración durante la pelea. La sensación de incredulidad cuando la navaja penetró en mi cuerpo.  Que antes de perder el conocimiento en la ambulancia pensé en que me libraría de la cita del dentista y me entraron ganas de reírme.  Que cuando  desperté lo primero que ví fue una tele encendida con un partido del Barça-Real Madrid.
Marie Chantal Dumortier. Había nacido en Brujas, nada menos, pero no aprecié el dato hasta más tarde. Fue a verme al hospital. El primer dia se quedó de pie en la habitación, “no sabía qué traerte, cómo agradecer”. Me pidió permiso para volver.  Permiso. Yo estaba encantado, era  guapa, 31 años, me llevaba revistas, el periódico,  chocolate belga , chuches, cedés. Trabajaba en una agencia de viajes y el próximo año volvería  a su país. yo nunca había conocido una extranjera ni había tenido una conversación personal con una mujer mayor que yo que no fuera de mi familia. Y resulta que  yo le había salvado y ella estaba tan “agggggadecida”… su acento, su perfume…su interés en cualquier cosa que yo contara, en mis estudios, en mi vida. ..
Cuando salí del hospital seguimos viéndonos.  A escondidas porque mi madre, tras la segunda caja de bombones, comenzó a mostrarse primero reticente y luego frontalmente hostil a sus visitas:
-Eres un niño. No es normal. No se qué quiere la lagarta esa.
Vivía en el Médano, en un apartamento que era como un voladizo sobre la playa. Desde la cama sólo se veía el mar. Me daba dinero para la guagua,  y yo la esperaba todo el día, esa era mi única ocupación, esperarla, no iba a clase, no dormía, no hacía otra cosa que aguardar el momento de verla. Cuando mis padres se enteraron, ya la novedad empezaba a perder el lustre. Echaba de menos a mis colegas,  y aunque mi caché había subido con toda la movida de los periódicos, no había tenido mucho tiempo ni ocasión de disfrutar mi gloria.  Monté un buen drama en casa pero me sentí aliviado. Ella no.Me tomó por sorpresa la violencia de su reacción, su llanto, sus llamadas constantes, su desesperación. Comenzó a seguirme, iba a mis clases, me espiaba en los bares, hablaba con mis amigos, insultaba a mis novias. 
También escribía cartas en las que me pedía perdón, me suplicaba que no me enfadara, me prometía que nos iríamos lejos, que haría todo lo que yo quisiera, que seríamos felices.  Una noche en la que la vi esperándome a la salida de la discoteca la agarré por el pelo y la abofeteé.  No volvió más. A veces recordaba su voz pronunciando mi nombre. En ocasiones soñaba con ella y al despertar tenía calor  y frío.

 Mi gloria duró algún tiempo más hasta que pasó a ser una anécdota de la que  los amigos se vacilaban cuando tenían dos copas. Cuando se reían yo  sentía un dolor sordo pero nunca dije nada y les seguía el rollo.  Trabajé y me casé, procreé e hice todo lo que un buen chico hace para que su vida se estropee ni más ni menos que la de los demás.  Nadie volvió a recordar que yo fui un héroe hasta que atropellé a la niña que apareció de repente aquella noche.  Por qué aceleré sin socorrerla hace diez años que me lo pregunto.
La planta del pasillo estaba seca.   En la cocina llené una jarra con un grifo, que no reconocí.  Quizá el helecho no tuviera remedio o quizás si, me entretuve viendo como la tierra se empapaba, hasta que el agua empezó a salirse por debajo y la sequé  con lo primero que encontré: una revista desde la que la familia real deseaba a todos los españoles una feliz navidad.  Mi madre se disgustaría, cuando saliera del hospital. Si salía. Le chiflan el hola  y la realeza.  “Si salía “.
El pensamiento hizo que la posibilidad fuera real.  Me senté en la mesa de la cocina, me pasé las manos por la cara, por la cabeza.  Intenté llorar.  Intenté rezar.  Me quedé  muy quieto , mientras las tripas me sonaban por el hambre, escuchando todos los sonidos de la calle , deseando que hubiera más, que la puerta se abriera, que mi madre entrara y se enfadara conmigo por su revista malograda, que por lo menos el teléfono sonara. Aunque fuera un número equivocado. Aunque  fuera un operador para una encuesta. Aunque  fuera mi ex mujer para insultarme. O Marie Chantal con sus erres deliciosas asegurándome que siempre sería su héroe.  

FIN